a J.
La ópera de la ventana no es sólo el trino del zorzal
o su calzado reluciente,
ni el entramado de las copas desnudas seguido de memoria:
el zorzal se esfuerza de verdad en ser humano,
en burlar al telón púrpura de la ventana
y exponer al coro adormilado las alas de la brisa.
Es un emisario.
Con pequeños saltos recorre el cuarto:
avanza un poco y se detiene,
luego vuelve a brincar.
Busca, minucioso, algo invisible pero sin misterio.
El batón, el gran espejo, la blusa caída en la alfombra
conciertan para él expectación y música,
en húmedo claudicar ante el sol bárbaro de otoño
redibujan la ansiosa y familiar atalaya,
recomponen con porfía los mínimos ecos:
princesas de balcón raptadas en hélices de oro,
hierofantes subidos al árbol
golpeando con su hoz el vidrio,
despidiéndose.
La historia verdadera le es indiferente,
también las galletas partidas en el plato.
Su oficio por el cuarto es otro,
su danza no quiere agradar al coro de las cosas,
su voz no espera ser escrita.
Incluso pudo estar desde siempre, inadvertido.
Terminada o no la inacabable ópera de la ventana,
el zorzal no se esfuerza más en ser humano
y veloz vuela tras las bambalinas del mundo.




